La historia de hoy implica un montón de abogados judíos y un grupo de nazis americanos. Me he animado a escribirla después de la buena recepción de mi penúltimo post, Los pastelitos de vainilla, la cual cosa me hace pensar que la combinación entre elementos jurídicos e historias reales son un buen binomio para interesar al público. Aunque también debo admitir que los posts que me "exigen" (entre comillas porque de exigencia tiene bien poco para mí; más bien es una buena excusa) tener que navegar por la Wikipedia buscando historias atípicas son más un placer que una carga.
Escuché por primera vez esta historia, como me ocurre a menudo, en alguna Noche Temática perdida de la 2, y el otro día, al tener que bucear por los movidos años '70 a raíz del caso de Harvey Milk, me acordé de ella. Introducir las palabras "jewish lawyers nazi" en el Google no me las devolvió como primer resultado, pero el cuarto o quinto sí estaba ya relacionado con lo que yo buscaba, así que me costó relativamente poco ponerme al día.
En 1977 Frank Collin, líder del National Socialist Party of America, NSPA (un grupo nazi), tiene la ocurrencia de organizar una marcha de su grupo de pacíficos amantes de Hitler en el parque Marquette de Chicago, Illinois. Ante el marrón que se les venía encima, la ciudad de Chicago exige en primer lugar al NSPA el pago de un seguro carísimo y, como esto no resulta, opta por la solución més expeditiva y prohíbe todas las manifestaciones políticas en el parque Marquette, y a cascarla. Con esto, Chicago consiguió quitarse de encima el pollo, pero le mandó este "regalito" envenenado a otra localidad mucho más pequeña.
Fracasado el intento de marcha en Chicago, Collin tiene la genial idea de convocarla en Skokie, un pueblo lleno de supervivientes judíos del Holocausto. Cómo no, una vez más se monta el follón padre, pero esta vez allí. El ayuntamiento deniega el permiso para manifestarse. El tema acaba en los tribunales, pero el juzgado local se lo quita de encima lo más rápido que puede, y lo mismo hace el tribunal de apelación, pasándole el marrón al Tribunal Supremo de los Estados Unidos, que no pudiendo pasárselo a un pringado de superior rango, tiene que pronunciarse y resolver.
Y aquí es donde la historia se vuelve aun más interesante. Configurado como un caso de libertades, se mete por medio la American Civil Liberties Union (UCLA) a defender el derecho de los nazis a manifestarse. Lo que ocurre es que, como buen lobby norteamericano que se preste, la UCLA está literalmente infestada de abogados judíos, con lo cual se produce la paradoja extrema de que quien acaba defendiendo a los nazis en el Tribunal Supremo es un abogado judío, David Goldberger. Esto tiene dos consecuencias:
- Una, que los nazis pillan un cabreo de dimensiones descomunales, porque la última cosa que quieren es ser defendidos por un abogado judío, aunque deben comérselo con patatas porque la UCLA actua de oficio, es decir, que no necesita el permiso de los sujetos implicados.
- Otra (y aquí viene la genialidad del tema) que al conseguir que el Supremo diera la razón a los nazis y permitirles manifestarse en Skokie, automáticamente se desmonta su papel de víctimas y el argumento que con toda seguridad estaban buscando: la confrontación directa.
Los nazis pillaron otro cabreo tan grande, que de hecho ni siquiera terminaron manifestándose en Skokie, sino que volvieron al lugar original. En junio de 1978, después de 15 meses de batalla legal, los nazis marchan en el parque Marquette de Chicago. Transformado todo el tema en una marcha perfectamente legal, se terminaron presentando doce nazis (lo repito: doce), convirtiéndose así esta manifestación en uno de los mayores ridículos jamás hechos por un grupo radical...
De cara al público, David Goldberger decía que él se limitaba a defender el derecho a la libertad de expresión, aunque esto fuera para que unos nazis insultaran a miles de judíos como él mismo. Pero como yo opino que no existe en el mundo todavía un "abogado judío tonto", y menos en Estados Unidos, mucho sospecho que la intención secreta de Goldberger en el fondo era una genialidad. Él sabía perfectamente que prohibir la manifestación convertiría automáticamente a los nazis en unas víctimas del sistema, unos pobres corderitos desamparados y puteados por el gran Estado "sionista" de los USA. Por lo tanto, la manera de desmontar al enemigo no era a través de la confrontación legal directa (para prohibir la manifestación, se entiende) sino todo lo contrario: litigar para conseguir que pudieran manifestarse. Como dije anteriormente, una vez pudieron hacerlo, fueron doce pringados haciendo el ridículo, o sea lo contrario de lo que los nazis querían conseguir.
Este vuelve a ser un caso extremo de lo que me habéis oido reclamar en mi blog reiteradas veces ya: la imaginación al Derecho. El uso de la carretera secundaria para llegar a un destino. Debo admitir que casos como los que voy exponiendo son un estímulo para abogados con ganas de comerse un trocito de mundo como yo. Pero es más cierto aun que también ponen el listón en un lugar muy alto. Yo me conformo simplemente con llegar a tener un caso en que pueda estar a la altura de las circunstancias.