dissabte, 10 de desembre del 2011

Los pastelitos de vainilla

Este post os va a resultar muy útil para ver cómo funciona a menudo mi cerebro. Es decir, de una forma rara. Va a ser muy ejemplarizante de cómo se me ocurren muchas veces los temas sobre los que luego escribo.

Ayer por la noche vi la película Harvey Milk (2008) en TV3, la historia verídica del activista homosexual de finales de los '70 (a estas alturas, supongo que a nadie se le escapa que soy un cinéfilo y muchas de mis referencias en los posts son ciematográficas). No la había visto nunca, pero sí conocía bien la historia porque el film se basa mucho (de hecho, se basa tanto, que la primera línea de texto de los títulos de crédito finales es para agradecer ex professo la ayuda del documental) en un documental anterior que incluso ganó un Oscar en 1985, y este documental sí lo había visto. Lo pasaron hará un año en La Noche Temática de la 2, y me quedé enganchado porque incluía un montón (un 90% quizás) de metraje original de la época. Si bien el tema -la homosexualidad- no me habría llamado la atención, el uso de película de los '70, con ese grano tan típico, grabaciones en Super 8, e incluso vídeo en formato magnético en seguida me engancharon, y al final la historia narrativa en sí misma me gustó. Podemos decir que me sedujo la forma (metraje "vintage", todo un cebo para un cinéfilo) pero me convenció el fondo.

Hecha esta introducción, lo lógico es pensar que el post va a tratar sobre los derechos de los homosexuales, o algo así. Pues no. Ya os dije que mi cerebro funciona de forma muy peculiar. Este artículo va a tratar sobre un concepto que en la película se menciona rápidamente de pasada al final de todo, en esa parte de las pelis biográficas donde van sacando a los personajes y dicen "Y fulanito puso una heladería en 1982 y murió de SIDA, y menganito tuvo un accidente mortal una semana antes de estrenar este film", etc. En esa retahíla, al referirse al asesino de Harvey Milk -su compañero en el Ayuntamiento de San Francisco hasta un día antes, Dan White-, se mencionó que ante un caso tan clamoroso de asesinato, los abogados de White usaron un argumento legal sorprendente, la Twinkie defense. Como siempre ante estos casos, corrí a mi biblia particular, la Wikipedia en su versión en inglés. Y allí encontré la luz...

Los Twinkies son unos pastelitos típicamente americanos, es decir, un producto refinado lleno a reventar de azúcares, grasas saturadas y colorantes artificiales. La defensa de White, para justificar el doble asesinato (se le pedía la pena de muerte), utilizó el argumento de que White tenía una depresión de caballo, y que prueba de ello era que si bien éste era conocido por ser un defensor de la dieta sana, el día antes del asesinato se había hartado de comida basura. Para que quede claro: el argumento NO era que el consumo de Twinkies fuera la causa del comportamiento, sino que consumirlos era un síntoma de que White estaba deprimido. El matiz es importante.

Si bien la jurisprudencia americana jamás ha aceptado y/o reconocido el concepto de «Twinkie defense», de forma oficiosa se utiliza ampliamente para referirse a la defensa de aquellos casos que no hay por donde coger, y por lo tanto se acude a argumentos jurídicos improbables, inhabituales, imaginativos o directamente desesperados. Para lo que nos ocupa, el caso es que esa Twinkie defense tuvo que funcionar por narices, porque de una petición de pena de muerte por doble asesinato, White fue en cambio condenado por "voluntary manslaughter", algo para lo que no hay traducción directa, pero que equivale al grado más pequeño de la familia del asesinato. La pena de muerte se convirtió en cinco años de cárcel.

Que se trataba de un asesinato a sangre fría es indiscutible para cualquier jurista. White no sólo se puso un traje para ir como si nada a la oficina del alcalde George Moscone cuando ya no era concejal (había dimitido en un "pronto" el día antes y Moscone iba a anunciar su sustituto), sino que le vació un tambor entero de revólver, del cual las dos últimas balas fueron disparos de remate en la cabeza. Pero es que además, consumado este crimen, vació los casquillos de ese mismo revólver y lo cargó pero esta vez con munición especial para Harvey Milk: balas de punta hueca. No voy a soltaros una disertación sobre balística, pero las balas de punta hueca son balas expresamente diseñadas para ser menos aerodinámicas. ¿Por qué? Pues con dos objetivos: 1) que estallen al impactar contra el cuerpo, se aplasten, y causen mucho más daño destrozando tejidos en el recorrido por dentro del cuerpo, y 2) que no salgan limpiamente por el otro lado sino que se queden dentro, lo cual explica que se usen por ejemplo en los aviones, para matar al terrorista sin que la bala atraviese el cuerpo poniendo en peligro el fuselaje del avión. En cualquier caso, que White cambiara expresamente la munición entre uno y otro asesinato demuestra claramente que fue un acto absolutamente premeditado para causar aun más daño, ergo asesinato.

En este punto no puedo sino enlazar lo que estoy diciendo en este artículo con aquel otro que colgué hace unos días, No hay que obsesionarse, donde emplazaba a mis colegas a ser imaginativos en el ejercicio de la profesión. Admito que el caso de hoy es un ejemplo extremo de eso, pero la idea que subyace sigue siendo válida.

Dos asesinatos a sangre fría en los que una pena de muerte acaba convirtiéndose en cinco años de cárcel, y ello gracias a una defensa legal basada en unos pastelitos rellenos de crema de vainilla... Joder, si esto no es imaginación aplicada al Derecho, ¡que baje Dios y lo vea!

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