Todos vosotros habéis visto la película AMERICAN GANGSTER, pero seguro que no recordáis ya los detalles de la increible historia de Richie Roberts, un abogado judío del Bronx. Por cierto, fijaos de nuevo cómo la combinación abogado + judío + americano da como resultado una historia alucinante. Richie Roberts fue el individuo que persiguió y detuvo en primer lugar como polícia, acusó como Fiscal y más tarde defendió como abogado defensor a Frank Lucas, el Señor de la Droga que reventó el negocio de la cocaína en Harlem en los 60 y 70, gracias al hecho de eliminar los intermediarios, comprando la droga en Tailandia y enviándola a los USA en los ataudes de los soldados muertos en la Guerra de Vietnam.
Antes de llegar a todo eso (me he anticipado demasiado) la historia de Roberts ya fue sorprendente, y tiene guiños con los que me he sentido identificado. En el año 1963, Roberts se metió a detective para la Oficina del Fiscal sólo porque era un trabajo que no le exigía hablar en público, ya que por ese mismo motivo (su miedo a hablar en público), dejó los estudios. Aún así, cada vez que tenía que testificar ante un juez por una detención, se ponía enfermo en sentido literal. Cuando consiguió superar esa fobia, se quedó tan impactado por los métodos de interrogatorio de los Fiscales en las salas del juzgado, que decidió estudiar Derecho. Y aquí es donde empiezan los paralelismos...
Para conseguirlo, Roberts atendió clases nocturnas cinco días a la semana durante cuatro años. Por la mañana trabajaba en la Policía y por la noche acudía a la Facultad de Derecho. Cómo me recuerda eso mis seis años de carrera, y la de noches en que trabajé en el ordenador hasta las 3 de la madrugada todos los días, o cuando me levantaba a las 5 para ir a currar a turnos y por la tarde me tenía que poner a estudiar forzándome a mí mismo, porque había dormido menos de tres horas y no me aguantaba de pie...
A punto de terminar la carrera y de hacer el examen para Abogado (en USA hay un examen, no basta con tener la carrera de Derecho; exactamente lo mismo que acaban de imponer aquí para el año que viene...), le dicen a Roberts que no puede hacerlo. Le habían dejado entrar en Derecho faltándole un año de instituto, pero durante la carrera cambiaron la ley, y ahora ese año de menos no le impedía graduarse en Derecho, pero sí hacer el examen para Abogado. Los Fiscales de su oficina apelaron al Tribunal Supremo, y éste le dejó hacer el examen para Abogado como sus compañeros de promoción, pero con la condición de que no le entregarían los resultados hasta que acabara el año de instituto que le faltaba. Una vez más, Roberts volvió a las clases nocturnas cinco días a la semana durante un año. Consiguió graduarse -del instituto, -¡como un adolescente!- y entonces le entregaron el resultado del examen para Abogado que había hecho un año antes. Había aprobado.
Qué tontería, no? Estaréis pensando algunos... En absoluto. Que le dejaran hacer el examen justo al acabar la carrera le permitió aprobarlo porque todos los conocimientos estaban frescos, aunque para saber el resultado tuviera que esperar un año. Roberts siempre dijo que si no hubiera aprobado, un año después jamás lo habría vuelto a intentar... Todo esto también me resulta familiar. Estando en plena carrera ya, mi universidad decidió cambiar el sistema de evaluación de un semestre para otro, e imponer examen obligatorio a final de semestre, aunque hubieras seguido la Evaluación Continuada. A mitad de carrera, me salieron con lo de la adaptación al Grado, y tuve que empezar a apretar el culo para terminar la Licenciatua de Derecho sin que me obligaran a pasarme al Grado forzosamente. Por si fueran pocos cambios, entonces me enchufan la ley que cambia el acceso a la profesión de Abogado y que exige un examen para colegiarse a partir del año que viene. Una vez más, apretando el culo, aunque esta vez para colegiarme antes de la entrada en vigor de la ley... Ah, y por supuesto, como yo también estaba convencido de que repetir una asignatura me supondría que se me cayera el mundo encima, fui a por las notas más bestias -altas- siempre, aunque sólo fuera para asegurarme de que así no suspendería.
Del resto de la historia me salto pasos, o este post será larguísimo. Lo importante que sucedió después fue que Roberts detuvo a Frank Lucas siendo aun polícia de la unidad especial. Al graduarse, pasó a ser Fiscal de esa misma oficina (en USA, algunas veces Fiscalía y Policía no están diferenciadas), y entonces pasó a acusar a Lucas. Años más tarde (la colaboración de Lucas con la Policía/Fiscalía fue larga), Roberts abandonó la Oficina del Fiscal y empezó a ejercer como abogado defensor, dándose el recontra colmo de las casualidades en el hecho de que Lucas fue su primer defendido. Así pues, Richie Roberts debe ser el único individuo del mundo que ha detenido a un tío como policía, lo ha acusado como fiscal, y lo ha defendido como abogado defensor. Y todo ello sin volverse loco.
Evidentemente, esta historia es extrema, pero la realidad cercana no se queda corta. Hace poco, estuve de guardia con José Luis Ibáñez. Este señor vino al máster a darnos clases sobre huellas digitales y métodos policiales. Y lo hizo porque fue policía durante un montón de años. Luego, un día, decidió pasarse al lado oscuro y dejó la Policía para hacerse abogado. Ahora, Ibáñez defiende a los tíos a los que antes tenía que meter en la cárcel, si bien esta frase hay que interpretarla en abstracto, no me refiero literalmente a que defienda a la misma persona exacta, tal como hizo Roberts. En su momento, Ibáñez nos dijo que haber estado en los dos lados era muy enriquecedor. No tengo la menor duda. Muchas veces, como abogados la experiencia ya es rica, porque saber que te puede tocar defender indistintamente "blanco" o "negro" hace que lo relativices todo mucho más. Yo me tomo la vida de otra forma desde que sé que lo mismo me puede tocar estar acusando que defendiendo. Todo se vuelve más relativo, y esa sensación de relatividad me gusta. Pues añadidle a eso haber estado encima en otra "liga" antes. Por narices que la expriencia tiene que ser enriquecedora, como dice mi colega Ibáñez.
Eso sí: teneis que admitirme que lo de Richie Roberts ya es la hostia...